miércoles, 29 de febrero de 2012

Antonio Machado



Nació en Sevilla el 26 de Julio de 1875.  Fue el segundo de cinco hermanos de una familia liberal. Su padre, Antonio Machado Álvarez publicó numerosos estudios sobre el folclore andaluz. Su abuelo, Antonio Machado Núñez, fue médico y profesor de Ciencias Naturales. En el año 1883 su abuelo fue nombrado profesor en la Universidad de Madrid y toda la familia se translada allí con él, entonces Antonio Machado completa en Madrid su formación. En 1889 empieza sus estudios de bachillerato y se aficiona junto con su hermano, al teatro. Tuvo que interrumpir  varias veces sus estudios, afectado por los problemas económicos de su familia tras la muerte de su padre y tres años más tarde, tras la muerte de su abuelo.

Entre 1899 y 1902  viaja varias veces a París. En estos años conoce a  Oscar Wilde y Pío Baroja, alcanza el título de Bachiller, conoce a Rubén Darío, a Juan Ramón Jiménez y en el año 1907 publica Soledades, Galerías y Otros poemas, una versión ampliada de Soledades. También conoce a Leonor Izquierdo, , con la que se casará dos años después; teniendo ella 15 y él 34 años.

En el 1912, Leonor enferma de tuberculosis y muere, lo que le provoca una gran depresión y hace que éste solicite su translado a Baeza, donde vivirá con su madre, dedicado a la enseñanza. El poeta enseña francés hasta el año 1919. Este año, Machado se translada a Segovia, encontrando un ambiente cultural más acorde a sus gustos y continuando con su profesión, siendo profesor de francés en el Instituto de Segovia hasta el 1932. Por ese entonces, conoce a Pilar Valderrama, que en los versos de Nuevas canciones aparece bajo el nombre de Guiomar.

Con el estallido de la Guerra Civil Española marcha a Valencia. Vive en la localidad de Rocafort desde noviembre de 1936 hasta marzo de 1938. De Valencia se traslada, ya enfermo, a Barcelona y desde allí parte el 22 de febrero de 1939, an la localidad francesa de Collioure, donde muere.


               



Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Manara, ni un Bradomín he sido
-ya conocéis mi torpe aliño indumentario-,
mas recibí la flecha que me asignó Cupido, 
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, 
pero mi verso brota de manantial sereno; 
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, 
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
-quien habla solo espera hablar a Dios un día-;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.





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